• David Otero(Stradivarius)

#HistoriasdelaHistoria

LA INTERVENCION Se aferraba a aquella idea de forma tan obsesiva que rayaba en lo enfermizo. Una y otra vez se repetía a sí mismo: - Has hecho lo correcto, has hecho lo que se tenía que hacer. Encerrado en aquella sombría habitación de apenas ocho metros cuadrados daba cortos paseos rápidos e incesantes de un extremo a otro, retorciéndose las manos, atusándose nerviosamente el mínimo bigotillo. No podía dejar de pensar en lo mismo. Recordaba una y otra vez, para auto convencerse, para decirse que todo estaba bien, que había hecho lo correcto. De nuevo retrocedía en la memoria apenas dos días atrás. Lo descubrió de pronto, había estado allí todos aquellos años, toda su vida, pero nunca había reparado en ello, no lo había siquiera intuido hasta que aquel día se le reveló de pronto, lo descubrió y quedó atónito, casi paralizado. Consultó con el doctor Morell, su médico de cabecera y de la máxima confianza, este fue tajante; incluso Eva estaba de acuerdo con el diagnóstico, él mismo lo compartía, no obstante… Sufrió enormemente, no comía, no dormía, era algo que lo tenía, totalmente obsesionado, anulado casi. Él, el gran hombre, el padre del nuevo orden mundial no podía superar aquel pequeño escollo que, de pronto, se le antojaba una infranqueable montaña, algo que crecía y crecía hasta llegar a absorberle. Tras cuatro noches en vela y otras tantas cajas de tranquilizantes, tomó la suprema decisión, lo haría. Se preparó todo minuciosamente, el doctor Stumpfegger llevaría a cabo la intervención personalmente. A las ocho de la mañana del día 25 de Abril de 1945, en la enfermería del búnker de la Cancillería del Reich, y en una intervención que apenas duró cinco minutos, Adolfo Hitler, el Führer, el gran enemigo del pueblo judío, el ario por excelencia era operado de fimosis, lo habían circuncidado. Cinco días después, y ante la inminencia del asalto definitivo de las tropas soviéticas, Hitler, de 56 años recién cumplidos, a las 15:35 horas del martes 30 de abril de 1945, se suicidaba de un tiro en la sien con su Walther P.P. de 7,65 mm, no sin antes dejar precisas instrucciones a los últimos fieles para que su cuerpo fuese totalmente incinerado. Después, todos los que compartieron con él los últimos días, seguirían su ejemplo. Nadie conocería jamás su secreto, el mundo nunca sabría de su vergüenza. Obviamente alguien no cumplió las órdenes.

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